Conversaciones de un emperdedor (II)

Le ofreció con orgullo una de sus cervezas. Mientras buscaba un abrebotellas, se la describió como “una deliciosa brown ale cien por cien artesana, de carácter ligeramente cítrico, cien por cien ecológica, elaborada con agua de la sierra y cereal de la zona por una cooperativa cuyos beneficios iban cien por cien destinados íntegramente a fines sociales…”. Finalmente, abrió el botellín con un golpe rápido y seco contra el canto de la mesa. Un pequeño geiser de espuma le empapó la mano al momento de coger aquel quinto en un silencio breve e incómodo que atajó dando un primer sorbo. Estaba caliente pero no dejó que su cara hablara por sus papilas gustativas.

Como comprenderás, estamos hablando de productos de la máxima calidad y la imagen que tenemos que dar tiene que ir acorde con esa calidad”, continuó dando por buena su reacción y dando por zanjada, de forma tácita, cualquier cuestión relativa a la temperatura de aquella cerveza.— Necesitamos dar a entender al consumidor que sí, está pagando un precio más elevado por lo que puede parecer lo mismo pero que no, no es lo mismo…”. Otro breve silencio, esta vez dramático pero igual de incómodo. Otro sorbo. “— Aquí pagan CALIDAD y tienen que entender que la CALIDAD tiene un precio”. En los minutos que siguieron, el monólogo (la apología) se armó sobre la calidad, la profesionalidad, la competencia asimétrica entre los grandes y pequeños comerciantes y la necesidad de una pedagogía de consumo. “— Estamos hartos de tener que explicar que tenemos que ganarnos la vida y que fijamos los precios de nuestros productos en función de lo que valen, no de lo que cuestan otros similares que son peor calidad y que cada cual es libre de consumir… ¡Pero no de comparar su valor con lo de los nuestros!” Otro breve silencio le dio a entender que su interlocutor estaba esperando un gesto que empatizara con su discurso. Asintió mientras pegaba otro sorbo. La cerveza y su cabeza estaban cada vez más calientes pero parecía que por fin llegaban al quid de la cuestión; a la parte que le interesaba: saber qué hacía ahí sentado. “— Te hemos llamado porque hemos visto lo que haces, nos gusta mucho y querríamos que nos ayudaras a poner en valor lo nuestro”. Escuchó con atención la retahíla de ideas que habían surgido de un brainstorming entre socios, la mayoría de ellas tan interesantes como la posibilidad de volver a pegarle otro sorbo a la cerveza, y respondió con otro breve silencio, esta vez suyo, antes de empezar a valorarlas y plantear una estrategia alternativa. “— ¡Eso! ¡Eso!”, le interrumpió. “— ¿Cuánto valdría hacer eso?” Un nuevo silencio. Si había algo que odiaba era presupuestar algo en caliente sobre una idea sin reflexionar y de construcción aún indefinida pero ante la insistencia, cedió a regañadientes. “— Hombre, pues depende de bastante factores…”, titubeó antes de continuar. “Pero algo así rondaría ($)tanto”. Otro silencio más. No supo decir si era el más largo de todos hasta el momento pero era, claramente, el más incómodo. “— Uy, pero es que ($)tanto se nos va de precio… Esto que tú dices nos lo podría hacer un socio más barato y tenemos un par de voluntarios que controlan que también podrían ayudar”. En su cabeza resonó un eco remoto de un discurso que se le antojó muy lejano: “calidad… profesionalidad… competencia asimétrica… pedagogía de consumo… “, decía. Palabras que se terminó de llevar el viento mientras vaciaba el botellín de un trago en un último silencio antes de marcharse por donde había llegado.

NOTA: Este relato está basado en hechos reales, no así los personajes, los cuales son producto de la imaginación de su autor (o no), aunque algunas circunstancias y características concretas pudieran, por casualidad (o no), parecer reales.

 

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