De cómo el Festival de Málaga pasó a convertirse(me) en el Festimal de Peorga

Vaya por delante que ésta es una opinión personal basada en mi experiencia en el Festival de Málaga y que, como toda opinión personal basada en una experiencia, no tiene por qué coincidir con otras opiniones personales basadas en esa misma experiencia. Empecemos por lo bueno, que no es moco de pavo: que ‘El cielo es nuestro techo’ haya sido uno de los once trabajos seleccionados -de entre los más de 320 presentados- a la Sección Oficial del Festival de Málaga en la categoría ‘Defendiendo los Derechos de la Mujer’. Subidón. Que un festival de la proyección del de Málaga proyecte (valga la redundancia) a concurso el primer documental que grabamos Javier y yo sin tener ni idea de dónde nos metíamos, es ya de por sí todo un éxito… Y más aún habiendo podido ver la calidad de los otros trabajos seleccionados. A partir de ahí, la cosa se fue torciendo; en unos casos por pura inexperiencia e ignorancia y, en otros, por lo que me ha parecido una decepcionante e inesperada cutrez.

Hay cosas que, por eso de pillarte de primeras, no sabes y, por lo tanto, no ves venir. Una de ellas es que el formato de proyección digital para una sala de cine es el DCP (Digital Cinema Package) y otra que los archivos de subtítulos tienen unos estándares y, como es obvio, deben respetar una serie de normas. Puedes intentar solventar estos dos imprevistos por tu cuenta o bien puedes dejar que sean profesionales los que se encarguen de ello. Aunque sí que es cierto que me empapé de DCPs y subtitulado todo lo que pude (hay buenos tutoriales por Internet) y que, creo, conseguí resolverlo por mi cuenta, no las tenía todas conmigo y, en caso de que algo no estuviera bien, no nos quedaría margen para solucionarlo. Como la prioridad era que las mariscadoras llegaran a verse en Málaga, a pesar del gasto que nos iba a suponer, optamos por quitarnos preocupaciones, minimizar riesgos y tirar por la solución profesional (gracias Lourdes y Toño por la paciencia).

FIRST BLOOD

Una vez enviado el documental y completado el envío de todo el material adicional que solicitaban (cartel, dossier, fotos, cortes de audio, extractos de vídeo, tráiler…), la comunicación con el Festival prácticamente desapareció. Un escueto email para avisarme del día, hora y lugar de proyección, en el que se me advertía -sin venir a cuento- de que la organización no se hacía cargo de los gastos derivados del viaje, alojamiento o comida pero me pedía que confirmara mi asistencia y otro para indicarme que la entrada al pase era gratuíta hasta completar el aforo.

Efectivamente, mi primer gran mosqueo aparece con ese “el festival no cubre gastos de viaje o alojamiento”. Un festival que existe por y para los contenidos que muestra, que presume de “contribuir poderosamente al desarrollo del cine en español” en su carta de presentación y que está proyectando contenidos GRATIS a cambio de… ¿Prestigio? ¿Visibilidad? ¿En serio? ¿Me encuentro con ese cuento también en un festival de cine con un calado como el de Málaga? Ya de entrada me jodió bastante que no mencionaran ese pequeño detalle hasta no tener el disco duro con el archivo de proyección en su poder pero es que, más allá de eso, si los que se supone que apoyan el cine no son capaces de poner en valor el trabajo que hay detrás de lo que han seleccionado y ofrecer por él un mínimo de una noche de hotel y, volvámonos locos, una comida a los realizadores a cambio de la cesión de unos contenidos que han costado tiempo, esfuerzo y dinero hacer, pues apaga y vámonos. Pero es que la cosa no se acabó ahí.

MÁLAGA RAISING

Como me podían más las ganas de ver ‘El cielo es nuestro techo’ en pantalla grande y tener la oportunidad de hablar con los realizadores de los otros cortos seleccionados que de hacerme mala sangre y olvidarme de la parte buena, pues respiré hondo, reservé hotel (¡gracias a mis padres por la subvención!) y conduje hasta Málaga. Lo primero que hice al llegar fue acercarme a la zona de acreditaciones para hacerme con la mía, que me entregó una muchacha sin mucha sangre en las venas (o demasiadas horas sentada ahí) junto con un díptico y un escueto “te lo lees y así sabes lo que puedes hacer con esa acreditación y lo que no”. Te lo lees si no tienes presbicia, añadiría yo. Sostuvimos la mirada en silencio todo lo largos que pueden hacerse cinco segundos y entendí que aquella iba a ser toda la información que iba a obtener de ella pero me daba igual porque, en aquel momento, yo era estúpidamente feliz con una acreditación con mi nombre y mi foto en la que ponía INVITADO y que, creía, me iba a abrir las puertas de todas las maravillas, actividades y actos del festival. Error.

Acreditación Festival de Málaga

Acreditación de “Invitado” pero… ¿¡DE INVITADO A QUÉ!?

A partir de ahí, me sentí bastante (más) ninguneado. ¡Ojo que no estoy hablando de posar en la alfombra roja ni recibir los flashazos de decenas de fotógrafos en un photocall, no! Sabía perfectamente que la categoría en la que participaba era secundaria pero, como ya he dicho antes, ni la organización del festival ni los responsables de la sección en la que participaba, se pusieron en contacto conmigo. De hecho, me enteré tarde y por Twitter de que la gala de entrega de premios a los que optaba ‘El cielo es nuestro techo’ había tenido lugar mientras conducía hacia allí, así que ni pude aparecer en la foto de grupo de la misma.

EL ‘DÍA D’

La gota que colmó el vaso llegó el día de la proyección, en el que se juntaron un cúmulo de despropósitos que convirtieron una experiencia que tendría que haber sido bonita en una cosa cutre y triste. Me acerqué al teatro en el que había que retirar las entradas y me dirigí al taquillero diciéndole que se proyectaba mi corto esa tarde mientras mostraba sensualmente mi acreditación, que miró con cara de ¿y a mí qué me cuentas? Me dijo sin ápice de apuro que las invitaciones se habían agotado y que no había ninguna reservada a mi nombre, dejándome claro que él no podía hacer nada. No daba crédito. De nuevo otra mirada sostenida durante otra eternidad de cinco segundos me daba a entender que, efectivamente, no había nada que rascar ahí, así que me fui al lugar de la proyección y busqué a alguien de la organización (que, cómo no, no había). Finalmente, media hora antes de la proyección, conseguí del responsable de sala un par de entradas en una primera fila que daba tortícolis sólo de verla y amigos que quisieron acercarse a compartir aquel momento conmigo, se quedaron fuera. Lo más ridículo de esta parte es que, cuando se apagaron las luces de la sala, había unas cuantas butacas vacías.

Cinco minutos antes de empezar la sesión, se pusieron a hablar junto a mí las organizadoras de la sección. Estaban con dos de los directores de los cortos que se iban a proyectar en ese pase, hablando de salir a presentarlos. Se me hinchó la vena yugular mientras escuchaba a una de ellas decir “lo que no sé es dónde está Carlos Cazurro, porque me parece que sí que iba a venir”. ¿De verdad no podían llamar por teléfono un par de horas antes para saber si ibas a ir y para decirte que si te apetecía presentar el corto antes de la proyección? ¿De verdad? Llevaba dos días allí y aquella era la primera muestra de interés, de la que me enteré porque se habían puesto a hablar a mi lado, por saber de mí. Alargué el brazo, le tiré de la manga y dije “Soy yo”. “¡Pues venga, va, sube a presentar tu corto también!”  Y más tirando a mal que a bien, hice una presentación improvisada.

Aprovechamos para sentarnos en unas butacas vacías que quedaron en la parte de atrás del auditorio y, por fin, se apagaron las luces. ‘El cielo es nuestro techo’ fue la última de una sesión en la que se proyectaron también ‘La cena blanca de Romina’, de Francisco Rizzi y Hernán Martín; ‘I forgot myself somewhere’, de Iker Elorrieta (Biznaga de Plata) y ‘Negra soy’, de Laura Bermúdez (Premio del Público). Disfruté mucho del pase y del orgullo que suponía saber que el trabajo que habíamos hecho Javier y yo estaba compitiendo en esa liga. Pero la magia no duró mucho. Ya me habían parecido extraños los formatos de proyección de los tres documentales anteriores pero cuando comenzó el nuestro no podía dar crédito: estaban todos cortados (y bastante) por los laterales y se estaban proyectando con una marcada distorsión en trapecio. Soy consciente de que probablemente, excepto los tres realizadores que estábamos ahí, nadie le dió mayor importancia o se percató del asunto pero, aún así, es de una cutrez imperdonable en un festival de cine. Nos habían exigido un formato de proyección de cine para luego pasárselo por el forro.

En resumen, que salí de la proyección caliente pero me dije que me iba a dejar una semana para reposar toda mi experiencia con el festival antes de escribir esta pequeña crónica. Supongo que con el tiempo me quedaré sólo con lo bueno y, como empiezo a hacer ya, contaré todo esto riéndome pero lo que no se me quitará es el regusto cutre de un festival que quiere presumir de una imagen, un glamour y un mensaje que, para nada, está acorde con lo que he vivido en él. Una pena. Sólo espero que la experiencia del resto de los invitados (que aún me queda la duda de a qué invitaban) de mi sección (y de las otras no principales) no haya sido ni remotamente parecida a la mía y hayan disfrutado más de ella.

EPÍLOGO

Contrariamente a lo que alguno pueda pensar, éste no es un post de despecho -¡ni mucho menos!-; sí de desahogo. ‘El cielo es nuestro techo’ no estaba en nuestra quiniela de ganadoras y lo único que pretendíamos era disfrutar de lo que nos podía ofrecer, a priori, un festival como el de Málaga y de la proyección en pantalla grande de nuestro trabajo. Haber trabajado como fotógrafo en varios festivales más pequeños (muchos de ellos de cine) y ver cómo funcionaban, hizo que me generara una serie de expectativas mínimas que no creía posible que no pudiera cumplir uno de tanto renombre como éste. Me equivoqué.

 

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