Conversaciones de un emperdedor (I)

Cerró la puerta y se aflojó la corbata con hastío. “— ¡Acaba uno hasta los cojones de llevar puesta una de éstas todo el día!”. Al otro lado de la mesa, un ya no tan joven realizador miraba a aquel directivo con una mezcla de diversión y desconfianza. Unos días antes, aquel hombre se había puesto en contacto con él proponiéndole una reunión en la que buscar juntos fórmulas de colaboración con su compañía, una comercializadora de contenidos en horas bajas. “— Necesitamos ideas y sangre nueva…”, continuó mientras sacaba el móvil del bolsillo derecho de su chaqueta para ver quién le llamaba. “— ¡Bah, otra vez este tío coñazo, ya le llamaré luego!” Dejó el móvil vibrando sobre la mesa y continuó con su discurso.

“— Me gustaría que me propusieras algo diferente a lo que estamos ofreciendo ahora”. El realizador, que era eso: un realizador y no un vendedor, sacó su ordenador portátil de la mochila y le invitó a ver un par de proyectos personales en los que había invertido su tiempo y su dinero confiando en que su trabajo hablara por él. “— ¡Excelente! ¡Excelente! ¡Esto es exactamente lo que estaba buscando! ¡Si le cedes este contenido a mi compañía, te daría visibilidad y te garantizo éxitos y premios!”, exclamó el directivo saltando en su silla apenas vistos los diez primeros segundos del primero de ellos. “— ¿Esto cómo lo has monetizado?”, le preguntó sin apartar la vista del ordenador. No era la primera vez que el realizador se enfrentaba a esa pregunta; aquella había sido una cuestión que se había repetido sin excepción en su carrera cada vez que había enseñado su trabajo a un alto cargo o responsable de compras de un medio, empresa o departamento relacionado con la comunicación. “— En realidad no lo he hecho pensando en monetizarlo, lo he hecho por el gusto de hacerlo; porque me apetecía hacerlo”, respondió al directivo, que apenas podía creer lo que escuchaba, de manera casi automática. “— ¿Y cuánto costaría hacer algo así?” le preguntó mientras señalaba la pantalla. Otra pregunta a la que ya estaba acostumbrado. “— Hombre, pues depende de bastante factores pero éste en concreto, pues alrededor de ($)tanto, respondió mientras la cara del directivo cambiaba de excitación a decepción, que enfatizó con un escueto pero clarificador “— ¡Oh!”, al que también estaba habituado, seguido después de un breve silencio por un “— Nosotros estamos pagando ($)cuanto. Ambos sabían que aquella era una cifra ridícula que no hubiera dado ni para cubrir los costes de producción que le había supuesto el más económico de los dos proyectos que le había presentado pero no dijeron nada, sólo se intercambiaron una mirada. La conversación, que los dos sabían que se había terminado realmente llegados a este punto, continuó durante un rato. El tono del directivo cambió a paternal condescendencia y con él que le lanzó en una misma parrafada las tres frases que más odiaba escuchar y que se forzó a soportar, como siempre, con falso estoicismo: “—  ¡Eres un idealista!”, “—  ¡Así no vas a llegar a ninguna parte, hombre, que hay que comer!” y el manido pero no por ello menos presente en aquel tipo de encuentros “— ¡Hay que ver cómo sois los artistas!” hasta que, por fin, llegó el momento de despedirse. Un fuerte apretón de manos y un par de enérgicas palmadas en la espalda hicieron que el realizador se tambaleara mientras el directivo le acompañaba a la puerta recolocándose la corbata. Al abrir la puerta, vio que el pasillo esperaba una fila de individuos con bandoleras para portátil como la suya cruzándoles el pecho. Uno de ellos entró sin mirarle y cerró la puerta tras de sí. Dentro se podía oír al directivo alzando la voz: “— ¡Acaba uno hasta los cojones de llevar puesta una de éstas todo el día!” pero ya no lo escuchó. En su cabeza se repetía en bucle: “— ¡Esto es exactamente lo que estaba buscando!… ¿Esto cómo lo monetizas?… Te daría visibilidad… ¡Así no vas a llegar a ninguna parte, hombre, que hay que comer!

NOTA: Este relato está basado en hechos reales, no así los personajes, los cuales son producto de la imaginación de su autor (o no), aunque algunas circunstancias y características concretas pudieran, por casualidad (o no), parecer reales.

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