Una de las cosas que más han pesado (y siguen pesando) en mi mochila a la hora de iniciar, ejecutar y/o finalizar un proyecto es lo que no tengo. No, no se me ha ido la olla, lo he puesto bien y lo voy a repetir para que quede claro: las cosas que más me pesan son las que NO tengo y pongo “iniciar, ejecutar y/o finalizar” porque pueden aparecer en una, en varias o en todas las fases del desarrollo del proyecto. Es un lastre pegajoso, agobiante y recalcitrante del que es muy difícil desprenderse una vez se nos echa encima y que va a entorpecer nuestro trabajo de manera directamente proporcional a lo inconscientes que lleguemos a ser de él hasta el punto de poder llegar a dejarnos inmóviles.

Más de una vez nos habremos descartado un proyecto, aún antes de empezarlo, auto-convenciendonos de que el equipo con el que vamos a trabajar no está a la altura de nuestras expectativas, que no tenemos manera de conseguir el tiempo que nos gustaría dedicarle, que nos hacen falta unos contactos de los que carecemos o bien que no contamos con dinero que haría falta para llevarlo a cabo tal y como lo tenemos dispuesto en nuestro imaginario… Seguro que a más de uno le suena. Es más fácil justificar no hacer algo porque nos falta lo que se nos antojan imprescindibles que hacer el esfuerzo de darle unas vueltas a la idea y ver cómo podemos trabajar prescindiendo de ellos. Incluso es más fácil aún plantearse irrealizables para culpar a los elementos por no estar a la altura de nuestra creatividad (de la que no dudaremos en presumir) y seguir metido en ese bucle auto-absolutorio en el que no es culpa tuya que tu producción se haya agostado y haya pasado ya tiempo desde tu última cosecha. Pero no nos engañemos, la creatividad de la que presumes es la que debería hacer que, tirando de los medios de los que dispones, sacaras adelante las cosas que alguien no sabría ni por dónde empezar. Y quitarte ese lastre, salir de ese bucle, es bastante jodido una vez entras. Por eso, el primer lastre del que nos debemos descargar es, precisamente, del que no tenemos.

¿Y cómo hacemos eso? Obviamente, gran parte del éxito a la hora de terminar algo va a depender de nuestra capacidad para marcarnos un objetivo realista. Y ahí tenemos que ser honestos con nosotros mismos y hacer una valoración lo más sincera posible de lo que sabemos hacer, del equipo que manejamos y de las cantidades de tiempo y dinero que podemos/queremos invertir para llevarlo a cabo. Es más plausible hacer un buen trabajo en algo a priori menos interesante en nuestro ámbito vecinal que un ensayo antropológico de las tribus nómadas del desierto del Gobi. Y digo “a priori” porque te aseguro que hay temazos esperando a ser fotografiados sin necesidad de salir de tu barrio. ¿Significa esto que debamos descartar las ideas que están fuera de nuestro alcance? No. No está de más apuntarlas (es más, me parecería un error no hacerlo), dejarlas en barbecho una temporada y rescatarlas y repensarlas más adelante por si hemos aprendido algo que nos permita reflotarlas de alguna manera.

Hay otra cosa que se suele decir que se tiene antes de empezar y que supone otro lastre: “El no ya lo tienes”. No, el “no” no lo tienes y el “no” es necesario tenerlo (¡que ojalá no, oye!) para que pueda suponer motivo de éxito o de fracaso de nuestro proyecto. Y un “no” no es el final de una idea, es una oportunidad para buscar otro enfoque. Hay que descartar los apriorismos e ir a por las certezas.

En fin… Supongo que, a estas alturas, ya os habréis dado cuenta de que todo esto que os cuento, en realidad, me lo estoy contando (otra vez) a mí. Y no será la última vez.

[ Continuará… ]

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