Cuando la muerte toma México

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Es tanto y en tan poco tiempo que es complicado volver de tu primera fiesta del Día de Muertos en México con una cosmovisión más o menos sólida del asunto pero sí que me puedo aventurar a hacer un resumen fotográfico de lo que vi. Al lío.

Desde el paupérrimo desfile de carrozas de Ciudad de México (CDMX), que se instauró después de que apareciera en el arranque de ‘Spectre’ (la película de James Bond) para no decepcionar a los turistas que llegaran a la capital y se encontraran con que tal desfile no existía, hasta la espectacular explosión de patrones y color del panteón de San Andrés Mixquic, el Día de Muertos es toda una experiencia para el que llega de fuera.  Pero lejos de ser sólo una incomparable experiencia visual, también lo es gastronómica (el mole, los chiles, el pozole, la cochinita pibil, los tamales, los tacos al pastor, el pan de muerto, los chapulines, el mezcal, las chelas…) y cultural (el Mitclán, la lucha contra halloween, las peceras, los interminables atascos, las mareas de gente, los tianguis, las catrinas, las antorchas, la historias de asesinatos y feminicidios, el miedo a la noche, las trajineras, las ofrendas, los altares, el copal, el cempasúchil y la mano de león, la lucha libre, las propaganda en las paredes…). Y eso rascando muy por encima y sin salir del Estado de México (Edomex). Hay mucho y dos semanas no me dieron prácticamente para nada más que para darme cuenta de que, antes o después, voy a volver. Mientras tanto, me quedan las fotos.

Gracias (mil) a Yunuen y alrededores por acogerme en sus casas, llevarme en sus coches, hacerme de guía… Y soportar estoicamente mis chistes postcolonialistas.