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Hola, me llamo Carlos y soy un ansioso. Llevaba un par de años limpio y estaba convencido que ya la tenía a raya pero acontecimientos de los últimos días me han demostrado que no y que no puedes bajar la guardia ante Ella. Ansiedad. Crees que la tienes bajo control, que no vas a perder las riendas y que no vas a caer en sus redes pero lo cierto es que comprar online ese nuevo juguete de trabajo (ése sobre el que llevas semanas leyendo reviews y estudiando comparativas; ése por el que ya ni sabes cuánto tiempo llevas ahorrando; ése por el que has estado esperando al momento adecuado), no es otra cosa que el inicio de una lucha interna y sin cuartel contra el temible demonio de la Ansiedad.

Lejos de ser un valor constante, la Ansiedad crece de manera exponencial y se acumula según van pasando los días. No acabo de darle al botón de “confirmar pedido” y ya empiezo a notarla. Ansiedad. Ansiedad porque, a pesar de que en la web pone bien claro que el envío no se realizará antes de una semana, empiezo una rutina diaria de comprobación de la situación del pedido. Ansiedad. Ansiedad porque se actualice el estado a “enviado”. Una semana de F5 después, la Ansiedad aumenta al recibir el (tan ansiado) mensaje de que el pedido está de camino. Ansiedad que no se aplaca al recibir el número de seguimiento y ver el zig-zag de escalas que parecen reírse de ti evitando esa línea recta y sin obstáculos que la zona logística de tu cerebro proyecta como la ruta más rápida y optimizada que cualquier con sentido común utilizaría. Ansiedad.

Los que también sois ansiosos (¡somos legión!) ya sabéis lo que es y, los que no, imagino que os habéis hecho una idea. Partiendo de esta base, lo que voy a contar continuación no deja de ser una consecuencia lógica de lo que tenía que pasar.

Total, que llega el mensajero y me entrega el paquete, que recibo con la misma sonrisa de gilipollas que si me estuvieran entregando la corona de Inglaterra. Ya es mío; el dron está en mis manos y voy a poder salir a probarlo y a familiarizarme con él en cuanto tenga las baterías cargadas… O no. El viento y la lluvia no parecen querer dejar que se aplaque mi Ansiedad pero hago acopio de un mal llevado autocontrol y me digo que el día es muy largo y que “ya abrirá”. Cae la noche y ni ha parado de llover ni los árboles han dejado de zarandearse. Las baterías están cargadas, los manuales leídos y el dron armado y listo sobre la mesa. Quizás sean imaginaciones mías o un efecto de la Ansiedad acumulada pero juraría que escucho su canto de sirena “¡vuéeeeelame!” mientras le miro contrariado sentado en el sofá. “¡Vuéeeeeelameeeee!”

Ansiedad. Cada fibra de mi ser y de mi sentido común se rebela contra mí cuando cojo el mando y me digo a mí mismo que sólo voy a encenderlo para ver cómo son los controles. Mi sentido arácnido se dispara cuando me digo que no puede pasar nada por subirlo y bajarlo “sólo para comprobar que funciona correctamente”. Mientras me digo que no voy a hacerlo, mis dedos hacen el gesto que activa los motores y de repente todas las pelusas que hay debajo de sofá y sillones empiezan a volar hacia los rincones del salón mientras mi corazón se acelera y me ordeno apagarlo y esperar a que mañana amanezca un día más adecuado para hacer las pruebas pertinentes. Mis manos se declaran en rebeldía y el pulgar izquierdo empuja hacia arriba la palanca que eleva el dron un par de metros sobre el nivel de mi salón. Tengo un ataque de pánico. No sé cómo he llegado a ese punto pero, sea como sea, tiene que parar YA. Empiezo a bajarlo casi milímetro a milímetro y me percato de que el dron se ha descentrado ligeramente de la mesa de la que se ha elevado y mi pulgar derecho mueve ligeramente la palanca de retroceso para volver a colocarlo dentro del área de aterrizaje. Pero el dron está al revés y hacia atrás es hacia delante. No lo proceso y entro en parada cardiorespiratoria, insistiendo más fuerte en que retroceda… Pero avanza más rápido. La colisión contra la tele es inevitable.

Además del dron, empiezan a volar por todas direcciones y a toda velocidad trozos de plástico que no sé de dónde vienen pero que asumo que son las hélices que se están haciendo pedazos. En mi cabeza grito “Mayday! Mayday!” mientras me abalanzo a por el dron. Aquí tengo una laguna. No sé exáctamente si se detuvo él solito, si lo cogí al vuelo y lo apagué sin llevarme los dedos por delante o si logré aterrizarle (que lo dudo). El caso es que, aparte de unos roces casi imperceptibles en las hélices, no parecía haber sufrido ningún daño. Y la tele tampoco más allá de unos rayones en el marco. El misterio de los trozos de plástico voladores me tenía intrigado y no podría saber si eran del dron (que era lo que más me preocupaba) hasta que no pudiera salir a volarlo de nuevo. Por una milésima de segundo pensé en volver a levantarlo en el salón para probar que todavía funcionaba pero la parte de mi cerebro que aprende cosas parecía tomar las riendas y aguanté hasta el día siguiente. Afortunadamente, el dron vuela, graba y responde perfectamente; desafortunadamente, la televisión se escucha y sólo muestra una raja en forma de tela de araña retroiluminada de unos 20 centímetros de diámetro.

No, no hay vídeo de todo esto. Se me olvidó darle al botón de grabar y, a toro pasado, lo lamento terriblemente porque creo Internet se ha perdido uno de esos vídeos virales por los que te nominan a los premios Darwin. Otra vez será.

Sólo me queda añadir la moraleja: no voléis un puto dron dentro de casa por muchas ganas y/o Ansiedad que tengáis de probarlo. ¿Que qué pasó con la Ansiedad? Bueno, ahora espero con Ansiedad a que me llegue la tele nueva. No creo que nada pueda salir mal con una televisión por mucha Ansiedad con la que la esperes ¿no? ¿NO?

 

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