Desalojo de refugiados en El Pireo

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La llegada del buen tiempo y de la temporada de turistas supuso un nuevo revés a añadir a la ya nutrida colección de desencuentros con la UE de los cerca de 4000 refugiados que se habían instalado como habían podido en los alrededores de las puertas E1 y E2 del puerto de El Pireo (Grecia). Prácticamente de un día para otro, las normas cambian y sólo se se permite la salida del puerto, pero no la entrada de nuevos refugiados. El gobierno griego no quiere que crezca el número de tiendas de campaña en la zona de embarque de cruceros, que debe lucir impecable de cara al comienzo del periodo turístico en el país. Con esta premisa, arranca un desalojo que se hizo sin avisar, sumido en un caos organizativo, a más de 30º, sin sombra y en unos autobuses urbanos que excedían sin ningún escrúpulo su capacidad máxima en cada viaje.

A la falta de presencia oficial en los campos se suma la escasa o nula información, que sólo se puede conseguir a través de una cuenta de Skype que está activa un par de horas un día a la semana, que sólo puede atender a una persona a la vez y la que nadie, de los que hablan con nosotros, parece haberse conseguido conectar. La cosa no se hace más llevadera en unas instalaciones con condiciones higiénicas precarias, acceso limitadísimo al agua -muchas veces ni siquiera apta para el consumo-, comida caducada, ratas y serpientes que entran en las tiendas de campaña o un equipo médico con mucha (muchísima) voluntad pero sin apenas medios para cubrir más allá de los básicos y que nos cuentan que muchos vienen con enfermedades crónicas para las que no tienen medicamentos.

No hizo falta buscar mucho (siendo sincero, ni siquiera hubo que ponerse buscar) para encontrar situaciones y ejemplos del trato inhumano que se les está dando a los refugiados (he visto ganado más mimado) y que hasta algunas de las “grandes” ONG prefieren no airear porque, y cito textualmente, “se van a repartir en breve las subvenciones de la UE para la cooperación y no queremos quedarnos fuera”. Me sigo preguntando qué significarán para ellos la N y la G del acrónimo al que están adheridos. Descorazonador. Y más aún cuando, en menos de treinta minutos, asistimos a un cuadro de situaciones ante el que nos es imposible mantenernos indiferentes: la llegada de un grupo de poco más de medio centenar de refugiados sirios de Eidomeni al puerto griego.

“Dos días de viaje sin apenas comer ni beber… ¿No tendrás algo para darle a los niños?”, me pregunta uno de ellos mezclando gestos y chapurreando cuatro palabras en inglés. Se han encontrado con que la policía les han cerrado las puertas y no les deja llegar a los campamentos que hay montados entre las puertas E1 y E2 de El Pireo, que han empezado a desalojarse un par de días atrás. Pasa un buen rato antes de que aparezca un representante oficial, hombre con una acreditación que dice Welcome Refugees to Piraeus, con cuatro fotografías impresas en papel dentro de una funda de plástico que les vende, como un agente inmobiliario, Malakasa, el campamento al que les van a llevar. En inglés. Y ninguno de los refugiados habla inglés excepto un chaval del chaleco rojo que permanece atento a todo lo que se dice. Doce años tendrá y se convierte en el único enlace traductor-negociador de un grupo que está agotado y lo único que quiere que se les deje llegar al otro lado de la puerta en la que están.

La paciencia se pierde en menos de 20 minutos y los ánimos se encienden por la parte griega cuando los refugiados dicen que no quieren ir a ninguna parte, que se quieren quedar ahí. El hombre del Welcome Refugees to Piraeus les increpa a gritos y con una desproporcionada violencia verbal “¡si no te gusta lo que te ofrecemos, págate un hotel!… ¿Puedes pagarte un hotel? ¿Eh? ¿Puedes? ¡Pues si puedes, vete a un hotel!” que nos deja todo locos a los pocos periodistas que nos hemos encontrado con esta escena. Se acaban las negociaciones hata que, finalmente, aparece un traductor de árabe que les vuelve a explicar, megáfono en mano, las bondades del campo de refugiados al que les quieren llevar. Lo de siempre: “libertad para entrar y salir cuando queráis”, “mejores condiciones higiénicas”, “comidas diarias”, “registro para reubicación”… No creo que se les diga que se encuentra lejos de cualquier núcleo urbano y bajo control militar, ni que se está entregando comida en mal estado en algunos de los campamentos que hemos visitado anteriormente.

Entre todo este jaleo, uno de los refugiados busca desesperado a alguien que le haga caso. No habla inglés pero le enseña a todo el mundo, con lágrimas en los ojos y su hijo en brazos, un papel oficial, sellado por el equipo médico del campamento del que proceden, en el que dice que su mujer tiene previsto dar a luz ese mismo día. Pedimos una ambulancia a la policía y nos dicen que “está de camino pero que hay atasco”, un atasco que no debe afectar por igual a los coches de policía y a las ambulancias o un servicio “de emergencia” que debe de haber salido de la otra punta de Grecia. Casi una hora después, cuando tenemos que marcharnos a nuestra cita con una familia de refugiados afganos, la ambulancia aún no había hecho acto de presencia…

… Y esto sólo en un rato. Me aterra pensar en todo por lo que han tenido que pasar (y seguirán pasando) todos ellos por el mero hecho de huir de una guerra y buscar refugio en una Europa que ni de lejos ha sabido estar a la altura.