Frontera cerrada

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Marzo de 2016. Eidomeni. Aquí es donde termina Grecia y empieza Macedonia. Como por ahí tienen que pasar los trenes, es el único trozo que no está vallado pero, en lugar de concertinas (de fabricación malagueña), hay una fila, más o menos nutrida, de policía Griega dejando claro que hasta ahí pueden pasar. Más de 13000 refugiados que acampan con la esperanza de poder pasar a Macedonia y continuar su camino hacia el interior de Europa. Justo detrás, están los camiones de las unidades anti-disturbios, bien dotadas de gases lacrimógenos “por si pasa algo”.

Un grupo de jóvenes sirios ha empezado una sentada pacífica en la vía del tren, protestando por el cierre de fronteras y gritando, de cuando en cuando “¡Open the borders! ¡Open the borders!”. Unos más allá todavía, espera un tren. La fila de policías, que suele ser de 5-6 cuando no pasa nada, se duplica y se preparan detrás los de la unidad especial.

La policía empieza a obligar a los que llevamos cámaras a salir de ahí. “Entendednos, es nuestro trabajo”, nos dice continuamente un policía mientras nos obliga a salir de la zona y nos intenta impedir que saquemos fotos. “Tengo un jefe al que obedecer”, insiste. Los fotógrafos nos quedamos y seguimos haciendo fotos desde el perímetro que nos marcan. Los refugiados gritan para que los fotógrafos nos quedemos. La policía alude a nuestro sentido común diciéndonos “si no os váis, ellos se van a quedar ahí” y nosotros apelamos a su sentido común diciendo “si nos vamos, no les vais a dejar estar ahí”. Y nos quedamos…

No hay empatía posible con la labor de la policía ni con las decisiones que está tomando la Unión Europea. Se está tratando a los refugiados como ganado y se están tomando decisiones a todas luces incomprensibles y que afectan centenares de miles de vidas.