De fotografía y respuesta inmune

Un agente infeccioso entra en el cuerpo. Inmediatamente, el sistema inmunológico lo detecta y reconoce como un elemento ajeno y pernicioso y nuestro organismo moviliza sus defensas. Fiebre, erupciones cutáneas, vómitos, diarrea, dolores musculares, insomnio, cefalea… Nuestro organismo puede manifestar numerosas reacciones en función del patógeno al que se enfrenta y, en gran medida, esas reacciones nos ayudarán a reconocer qué es a lo que nos estamos enfrentando. Mientras tanto, nuestras defensas lo atacan y lo destruyen. Si todo va bien, nuestro sistema inmunológico creará un registro para que ese invasor no vuelva a hacérnoslo pasar mal en caso de volver a cruzarnos con él. (*)

Esta prodigiosa capacidad ha sido, entre otras, la responsable de la supervivencia de nuestra especie y de que hayamos podido proclamarnos especie dominante de un planeta que ya damos por sentado que es nuestro y al que tenemos el convencimiento de no deber nada. Aunque ése es otro tema. El caso es que, cada vez más, me pregunto si la fotografía (**) no tendrá el mismo efecto en el ser humano que una enfermedad cualquiera.

Está claro que la fotografía ha demostrado en múltiples ocasiones tener el poder de agitar conciencias, abrir debates, incendiar redes sociales, crear tendencias y/o generar movimientos espontáneos de indignación colectiva… En definitiva, de provocar una respuesta. Pero ésta no deja de ser una reacción a corto plazo. ¿Y después? Después es donde me surge el dilema sobre si lo que hace es ayudar a visibilizar un problema o a que nos acostumbremos a él.Me pregunto si la fotografía no tendrá el mismo efecto en el ser humano que una enfermedad cualquiera.¿Y si la fotografía se comporta como un patógeno? ¿Y si nuestra conciencia reacciona a las agresiones que nos provoca ver algunas imágenes generando sus propias defensas para evitarnos futuros ataques de rabia, impotencia, depresión, náuseas, insomnio…? ¿Y si en vez de ayudar a visibilizar y estimular una reflexión sobre la que intentar mejorar las cosas, lo que está haciendo es ayudándonos a aceptar la realidad, a asumirla como parte del mundo que nos ha tocado vivir? ¿Y si la exposición a fotografías que nos agreden acaba haciéndonos inmunes a la realidad que nos enseñan?

Por poner dos ejemplos muy icónicos y que han aparecido en momentos diferentes: Sudán no ha mejorado su situación desde que Kevin Carter tomara la famosa foto del pequeño Kong Nyong y el buitre (¡en 1994!) y 357 niños han muerto ahogados intentando llegar a Europa sin ser trending topic desde que pusiéramos el grito en el cielo hace apenas siete meses con la foto del cuerpo de otro pequeño, Aylan Kurdi, ahogado en una playa de Turquía. Ambas fotos las protagonizaron niños, ambas dieron la vuelta al mundo, ambas se convirtieron en iconos, ambas generaron un encendidísimo debate sobre si era ético o no sacarlas (y publicarlas) en los medios y ambas produjeron una airada indignación sobre lo que estaba ocurriendo. Pero, a pesar de la visiblidad que consiguieron, ninguna consiguió que el mundo se detuviera y exigiera un cambio real que mejorara la situación que denunciaban. Los temas colean unos cuantos días más pero sólo durante el tiempo que tarda en sintetizarse la inmunidad a los mismos. Entonces, simplemente desaparecen. Sí, de vez en cuando puede recaer uno pero ya como un achaque pasajero o, en palabras de Simone de Beauvoir: “Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra”.

Obviamente, mi intención con este post no es sentar cátedra ni criticar la actitud de nadie sino compartir (y desahogarme) con vosotros un tema que cada vez me ronda más la cabeza: el de la utilidad de la fotografía a la hora de enseñarnos el mundo. Me pregunto si la saturación de contenidos actual es contraproducente a la hora de generar una empatía real y sostenida en el tiempo. Porque los problemas no desaparecen cuando dejamos de verlos. Cualquier opinión es bienvenida ya sea por comentario o en las redes sociales.

* No soy médico, así que mi rigor científico se basa en lo aprendido en ‘Érase una vez la vida.
** Todo lo que opino aquí aplicado a la fotografía es igualmente atribuible a todo el espectro del mundillo de la comunicación audiovisual.

 

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