El ciclo de la vida

El pequeño flash integrado de la cámara de Juan Nadie salta lanzando unos destellos que hacen temer a la familia del novio que al tío abuelo Modesto le vuelva a dar otro ataque de epilpsia como el que había sufrido viendo aquellos condenados dibujos japoneses con su nieto varios meses atrás. Uno de los amigos del novio, Jorge, rogaba desde la tercera fila de la bancada porque uno de aquellos flashazos infames tuviera el mismo resultado que los de ‘Men in black ‘ y le ayudaran a olvidar dónde estaba y lo que aún le quedaba por delante. Si no, siempre tendría la barra libre de después de la cena. Los flashazos continúan con su fuego indiscriminado hasta que empieza a sonar la música que avisa de la entrada de la novia, que hace que Juan Nadie salga de aquella orgía desenfrenada de megapixels… Durante unos segundos. Juan Nadie se coloca en el pasillo central y convierte el paseillo de la novia al altar en un delirio estroboscópico. Juan Nadie lo tiene claro: es su momento, no el de la novia.

Habría que retroceder seis meses y veintidós días para entender cómo había llegado a ese momento Juan Nadie. Seis meses y veintidós días (y algunas horas) era lo que había pasado desde que se acabara de comprar una réflex. Una sencillita; de las que vienen con un objetivo de kit y una funda acolchada de regalo. Como muchos otros antes que él, se la ha comprando sin saber muy bien cómo funciona pero la preocupación, si es que existió, le dura poco al ver que las fotos tomadas en modo automático que comparte sus redes sociales tienen un montón de likes y comentarios de amigos y familiares incidiendo en su genialidad. Algo que no pasa desapercibido para su prima favorita, que se casa con su novio de toda la vida en un par de meses y aún no ha encontrado un fotógrafo con un presupuesto que le encaje para inmortalizar el día más importante de su vida. Juan Nadie la da el “sí, quiero” apenas le propone que sea él el que se encargue de hacerlo y ahorrarle “la pasada de dinero que me piden por tirar unas cuantas fotos”.

Y ahí está Juan Nadie, con su réflex, su objetivo de kit y dial de modos en automático; disparando en JPG a tamaño medio y baja calidad de compresión para que le quepan el máximo de fotografías en la tarjeta de 16Gb que tiene. 4.369 fotos después, termina la boda.

A la mañana siguiente las 4.369 fotos están en casa de los padres de ella en un deuvedé etiquetado como “boda de la prima” con edding 750 rojo dentro de un sobre. Éxito. Las fotos del primo Juan saltan de buzón de correo electrónico en buzón de correo electrónico. Todos tienen sus fotos, todos están contentos. Como su momento parece no terminar, Juan Nadie también.

Durante las semanas siguientes, algún que otro “ya me harás las fotos a mí también ¿eh, Juanillo?” enciende un chip en la cabeza de Juan Nadie que, como Skynet, empieza a tomar conciencia de sí mismo y de la posibilidad que hay de sacar un dinerito extra. Un mes después, una pareja de amigos de la novia que estuvieron en la boda escriben a Juan Nadie para preguntarle si podría hacerles las fotos también a ellos, a lo que contesta que les cobraría tanto. La pareja guarda la respuesta de Juan Nadie en la bandeja de “presupuestos” de su cuenta de gmail mientras la madre de él la dice que el cuñado de su hermana tiene “una cámara que saca unas fotos muy bonitas” y que podría hacérselas él, que seguro que va a ir a la boda con la cámara de todas formas. De todo esto se entera Juan más tarde por su prima, que está invitada a la boda, y monta en cólera porque “parece que la gente no sabe el trabajo que lleva” y porque “por gente como ésta que lo hace gratis, no podemos dedicarnos a ello los que queremos”.

EPÍLOGO

El cuñado lo peta con sus 3228 fotos y el PowerPoint con música de Barry White que ha preparado con una selección de las 100 mejores. Pocas semanas después le escribe una pareja de amigos del novio que quiere que alguien les haga las fotos de su boda. El cuñado se da cuenta de que ahí hay dinero y entonces…

 

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