¡3er premio National Geographic ‘La Foto de tu Vida’!

Después de llevarnos a paso ligero, sin apenas mediar palabra, durante dos horas para rodear el Uluru bajo el implacable sol del desierto de Ayers Rock a primera hora de la tarde, Pino (que así se llamaba nuestro anti-guía) nos subió de nuevo al guiribús y nos prometió una experiencia visual inolvidable mientras algunos intentábamos dejar de ver pasar luces blancas por delante de nuestros ojos y rehidratarnos… Quizá antes de seguir con la historia, tendría que hablar de Pino.

Pino era un italiano amargado, arisco y chanchullero; de esos que si todavía son guías es por las comisiones que tienen pactadas por llevar a su grupo por aquí o por allá y que se excluye de la división a la hora de pagar las comidas de grupo. De unos sesenta y muchos, pelo cano peinado con una raya perfecta y flequillo de los que hacen sombra, aliento de saldo, que vestía como Cocodrilo Dundee, usaba las mismas gafas que Roy Scheider en ‘Tiburón’ y que dejaba asomar por sus sandalias las dos uñas abultadas y verdes de sendos dedos gordos. Escaso es sus explicaciones, cuando hablaba castellano lo hacía como Rafaella Carrá y su idea de hablar portugués era la de hablar castellano pero con acento brasileño y con un uso indiscriminado de las terminaciones -ao e -inho. En palabras de los portugueses que nos acompañaban, a ese amago de idioma no podía calificársele ni de portuñol. Al segundo día, a nadie le caía bien Pino. Yo le puse cruz a los cinco minutos de presentarnos, cuando señaló mi cámara y me dijo esa frase que a todos los fotógrafos nos gusta escuchar: “¡A ti te voy a ir diciendo yo los sitios donde tienes que hacer las fotos!” No fue la única vez que me lo dejó caer.

“Les voy a llevar a ver algo maravilloso”, insistía Pino mientras nuestro guiribús se alejaba del Uluru rumbo a… rumbo a un parking repleto de más guiribuses como el nuestro a unos diez kilómetros del monolito sagrado. “Van a ver ustedes algo que sólo verán aquí.” -empezó a comentar, con la misma solemnidad que un jefe de pista de circo, nuestro Pino- “¡Van a ver cómo el color del Uluru cambia según se va poniendo el sol!”. Y decía esto mientras, detrás, una muchacha sacaba un par de mesas plegables de la panza del guiribús y colocaba un roñoso par de platos de queso, unas copas de plástico y varias botellas de champán australiano caliente a modo de convite. A nuestro alrededor había más gente en una situación parecida pero con más variedad y cantidad de comida en sus más numerosas mesas. En ese momento tuve la certeza de que Pino había sido el encargado de ir a hacer al compra y se había quedado con las vueltas, aunque nunca pude probarlo. Fue el propio Pino el que me sacó de mis maquinaciones contra él mismo cuando pronunció la frase: “Van ustedes a ver cómo el color del Uluru cambia según se van poniendo el sol”. Como si no hubiéramos visto un atardecer en la montaña en la vida… ¡Y lo mejor de todo es que todavía faltaban casi dos horas para que empezara a ponerse el sol!

Como mi física es muy rudimentaria y no iba a saber explicar lo de la dispersión de la luz -que puede observarse en el atardecer de cualquier montaña- y tampoco tenía ganas de ponerme a discutir con aquel personaje, pasé del queso y del champán y me di un paseo por el parking. Había un par de guiribuses repletos de norteamericanos, ya talluditos, con los que se lo habían currado infinitamente más y a los que, además de comida abundante y bebidas frías, les habían llevado sillas plegables para hacerles la espera más cómoda. Y ahí estaban, sentados a lo largo de la ridícula valla que limitaba parking y parque natural, bebiendo coca-cola, comiendo pinchos de canguro y mirando al Uluru mientras comentaban la jugada. Me quedé prendado con la escena. Era totalmete U.S. Cañí. Así que me quedé por ahí, echando unas risas con los de mi grupo y matando el tiempo bebiendo aquel esbozo de champán tibio.

La foto está tomada detrás de la hilera de yankis. Cuando ya había empezado a atardecer, Pino no paraba de repetir el mantra “vean, vean cómo va cambiando de color” una y otra vez. En ésas que, 15-20 minutos después un americano se dio la vuelta, entre impaciente y cabreado, y espetó un “so… What!?” que le calló la boca a Pino y del que todavía me estoy riendo. Fue justo ése el momento en el que saqué la foto, que se convirtió en mi favorita del viaje desde aquel momento. A pesar de todo, y de alguna manera que él no había calculado, se podía decir que ésta vez Pino acertó eligiendo el lugar para hacer la foto.

Y llegados aquí es más que posible que os estéis preguntando por qué os estoy contando esta historia. ¡Pues porque ésta es la historia de la foto que me ha dado el tercer premio en el concurso National Geographic: La foto de tu vida, del que me he enterado esta misma tarde, y que me va a llevar de viaje a Estambul unos cuantos días! Tenía un poco aparcados los concursos de fotografía desde hacía un par de años pero es un gustazo reencontrarme con ellos con uno como éste. Y lo más gracioso de todo es que ésta la foto la hice durante al viaje a Australia que me proporcionó el primer premio de Fotografía de Paisajes también de National Geographic.

 

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