Exorcizando megapixels

Que la fotografía está todavía en plena transición de lo analógico a lo digital y que todavía hay mucha reticencia a conceder el mismo mérito al trabajo que se realiza en digital que al que se pueda hacer en analógico son dos conclusiones que mucho me extrañaría si pillaran por sorpresa a alguno a estas alturas. Para mí es un debate que no lleva a ninguna parte y que no enriquece mucho mi visión de la fotografía, así que lo tenía apartado y olvidado hasta este fin de semana. Porque lo que sí que me sigue pillando un poco a contrapié son los argumentos que he escuchado y leido durante la primera edición del Al Andaluz Photofestival, así como la férrea convicción de que esos argumentos no sólo eran válidos sino que también se consideran prácticamente dogmáticos. Y eso es algo que me parece, a estas alturas, anacrónico. En mi opinión, toda esa resistencia poco tiene que ver con la fotografía y mucho con un proceso mental que, imagino, pretende exaltar las limitaciones de nuestro equipo para poder argumentar que lo que hacemos con él está por encima de lo que puedan hacer otros por ser más puro.

¿A nadie más le ha pasado eso de encontrarse en mitad de un acalorado debate analógico-bueno-digital-caca y tener la extraña sensación de encontrarse en mitad de una iglesia vacía, hablándole a un sacerdote subido al púlpito? Porque a mí siempre me acaba dando la sensación de que la percepción que tienen algunos de la fotografía analógica es prácticamente mística, como si se tratara de una experiencia religiosa en la que la obturación no es más que una pequeña dosis de nirvana que se mide en fracciones de segundo y que sólo ellos pueden alcanzar y disfrutar.

1. Con lo analógico se evita la tentación de lo digital. Existe en los círculos analógicos la curiosa creencia de que eso de que la carne es débil tiene su máxima expresión en el dedo índice de la mano derecha y que lo digital es especialmente seductor y estimulante para él. Me resulta fascinante que exista entre los puristas de lo analógico con la convicción de que donde antes se tiraban cinco, ahora se hacen cien fotos y de que con la fotografía digital ya no se piensa cuando se dispara. Pues muy bien. A mí, personalmente, me resultó cómico escuchar eso de boca de alguien que, pocos minutos después, se jactaba de haber vuelto de un viaje de un par de semanas a Guatemala en los años 60 con 100 carretes repletos de fotos. Y eso hacen muchas fotos. Así, tirando por lo bajo, son 1200 fotos (en el supuesto poco probable de que llevara carretes de 12 exposiciones, aunque yo no apostaría por menos de 24 por carga). Una cifra nada despreciable aún en lo digital. Pero eso es lo de menos. La pregunta que realmente me hago es cómo puede haber alguien que de verdad crea que existe un baremo numérico que defina el mérito y la calidad de un trabajo en función de la cantidad de fotos sacadas para conseguirlo.

2. Con lo digital, la fotografía ya no es un proceso reflexivo, que también vino acompañado del ya conocido ahora hasta un mono aprieta el botón y capta una imagen. Parece ser que me he perdido algo y no he sido capaz de distinguir el momento en el que el proceso reflexivo en el acto fotográfico pasó a recaer sobre la cámara y no sobre el fotógrafo. De hecho, tampoco entiendo muy bien el motivo por el que la fotografía tiene que estar basada en una reflexión previa. Reflexionar está muy bien y estoy de acuerdo en que la fotografía no deja de ser un ensayo visual pero que también es un reflejo detonado por un acto espontáneo donde la reflexión puede aparecer antes, durante o después de haber tomado la foto.

3. Se ha perdido la magia de la espera. A mí éste es un argumento que me hace gracia especialmente. Me recuerda a aquel discurso que defendía, hasta hace relativamente pocos años, lo de llegar virgen hasta el matrimonio. Yo, personalmente, aprecio la inmediatez que me proporciona lo digital pero también me gusta dejar reposar las fotos en el disco duro para verlas con otros ojos días, semanas o meses después. Una vez más, lo digital no le quita eso a la fotografía, se lo quita el propio fotógrafo.

4. Ahora se soluciona todo tirando de Photoshop. Es otro clásico que ya mencioné en su día en diez sencillas sugerencias para tocar los cojones -ovarios, si es mujer- a un fotógrafo pero que, escuchada en boca de uno de los considerados grandes de la fotografía española, de alguien encargado de mantener un archivo fotográfico, y que, además, lo rematara con y es que a mí es que eso de quitarle la cabeza a alguien y ponérsela a otro… pues me descoloca. Mi experiencia con lo analógico y el revelado en el cuarto oscuro se quedó en mis años de periodismo (una experiencia muy divertida y muy recomendable) pero lo que me quedó claro es que estamos hablando de un cambio de tecnología, nada más. Lo que antes se hacía sólo con líquidos ahora se hace también a golpe de teclado y ratón. Pero no se hace nada nuevo. En el pasado también se quitaron cabezas, se cambiaron fondos y se superpusieron varias capas de fotografías para crear un montaje final. ¿Y quién pone límite a todo esto? Sí, de nuevo el fotógrafo.

5. No todo el mundo tenía antes el acceso que se tiene ahora a los medios de procesado. Ni lo tuvo a los libros, ni la universidad, ni al voto, ni a la radio, ni al cine, ni a la tele, ni a los ordenadores, ni a Internet… La lista es interminable. En mi opinión es erróneo asumir que el que unos pocos tengan acceso a algo significa que sepan hacer mejor uso de ello que alguien que nunca podrá tener acceso a ello. Estamos de acuerdo en que con la llegada de lo digital hay mucho ruido pero eso no significa que antes se hicieran menos fotos, sólo que antes no se compartían como se hacía ahora gracias a Internet. Lo mismo que antes usábamos el sentido común y no íbamos a casa de la vecina a ver las fotos de sus vacaciones, si no que nos acercábamos a una sala de exposiciones, creo que tenemos el suficiente criterio para quedarnos con lo que nos gusta y descartar lo que no nos gusta en Internet. Con la ventaja añadida de que ahora nosotros somos los que moldeamos y definimos nuestro criterio de talento y no dejamos que sean curadores y galeristas quienes nos lo impongan.

EN RESUMEN

Adoración de lo analógico, tentación de lo digital, mortificación tecnológica, contricción reflexiva, espera de revelaciones, elitismo de minorías… Escuchando estas cosas, no puedo evitar estar convencido de que no debe faltar mucho para ver a esta gente de puerta en puerta hablando de la Iglesia de los Analógicos de los Últimos Días. Argumentos pro-analógicos y/o anti-digitales hay a cientos y no es mi intención intentar convencer a nadie de qué es mejor y qué es peor… Simplemente porque estoy convencido de no hay mejor ni peor en ese sentido. Yo creo que el problema de fondo es que nadie parece estar parándose a pensar que la fotografía es algo mucho más básico que todo esto: fotografiar es contar una historia capturando un momento o varios. Sin más. Para mí, la cámara es sólo una herramienta y lo mismo se pueden conseguir grandes capturas con una Vivitar de 10€ con un carrete caducado de marca desconocida que con una Hasselblad. Una foto espontánea, movida, torcida, con grano y sobreexpuesta puede contar a la perfección algo que ha sido incapaz de mostrar una foto de preparación y ejecución técnica impoluta. Existe una mitificación que parece que diviniza la captura antigua y demoniza la captura actual (¡Ojo! ¡Y viceversa!) cuando la única preocupación que debería tener el fotógrafo para con su equipo es la de conocer sus posibilidades y limitaciones y disparar en base a ellas. Lo demás son pamplinas. Excusas que nos inventamos, interiorizamos y terminamos dogmatizando para justificar lo que dejamos de hacer por unas limitaciones, que decimos que son técnicas cuando en realidad son psicológicas, y demonizar lo nuevo por miedo o por pereza a enfrentarnos a un nuevo proceso de aprendizaje.

Digital, sí. Analógico, también. Fotografía, siempre.

PD: Este post se complementa con los posts de mis compañeros de mesa redonda en el Al Andaluz Photofestival: El fotógrafo asustado, de Bruno Abarca y El señor Juliá, de José Enrique Cabrero. ¡No dejéis de leerlos y no os cortéis en comentar, que ahí está la gracia de lo 2.0!

 

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