¿Muslo o pechuga?

Abrimos el horno y ahí está: con su corteza crujiente, dorado, jugoso, apetitoso… Nos ha tenido media hora salivando al ritmo que ha marcado el aroma que ha ido mezclándose en el ambiente exponencialmente según iba acercándose la hora de comer. Son momentos en los que no somos conscientes de nuestras propias limitaciones y tenemos claro que nos lo comeríamos entero pero, de repente, alguien nos saca de nuestra ensoñación para ponernos los pies en la tierra con una sencilla pregunta: “¿Muslo o pechuga?”. A la hora de preparar el equipaje cuando viajo me enfrento a una encrucijada similar.

Sin duda uno de los mayores problemas con los que te encuentras cuando te picas con esto de la fotografía es que apenas eres capaz de separar los conceptos de ‘viaje’ y ‘fotografía’. Y si además eres fotobloguer, no dejas de ver ese viaje como una potencial fuente de fotografías para poder cambiar de aires tu archivo unos cuantos días. Y, claro, cómo vas a dejar escapar eso. Entras entonces en un debate interno que, poco a poco, te va llevando hacia la autojustificación de la presencia de todos y cada uno de tus objetivos en la mochila. “¿Cómo no voy a llevar el tele?”, “¡El angular no tiene discusión posible!”, “¡Hombre, alguna panorámica circular habrá que hacer! ¿No?”, “¿Pero cómo no voy a llevar el 50 si es el que más me gusta?”, “Este que es un todoterreno, siempre va bien llevarlo…”, “¡Uy! ¡Y el flash, claro, no sea que me de por hacer algo de strobist!” (que no has hecho en tu vida) o “Ya, total, no voy a dejar este sólo en casa… ¡P’a dentro también!”. Frases que te inundan cabeza de una razón y un sentido común contra los que no tienes ningún argumento. Las combinaciones y variaciones son infinitas pero vamos, que te pasas un rato largo reflexionando sobre el uso y las bondades de cada uno de tus objetivos para economizar peso y espacio y al final lo que haces es llevártelo todo. Luego entras en esa fase en la que recuerdas todo lo que aprendiste jugando al tetris, intentando que toda esa imprescindibilidad quepa junto a cargadores, tarjetas, filtros, pilas y demás bártulos en la mochila. Y un libro para el camino. Y al final, en toda su repletez, el equipaje de mano te observa y tú le observas a él satisfecho por haber hecho una sabia selección de tu equipo para ese viaje.

Vamos a parar en este punto. Con la mochila repleta de fotografía apoyada en la pared, junto a la puerta, esperando la hora de salir de viaje. ¿¡Pero qué estás haciendo!? Acabas de llenar una mochila, que vas a tener que llevar a la espalda durante todo el viaje, con ¿6? ¿7 kilos? Y, de rebote, te acabas de obligar a llevar un segundo bulto para la ropa que llevar a cuestas y que, en caso de que el viaje sea en avión, te va a suponer pasar por el mostrador de facturación. Párate a pensarlo. ¿Realmente necesitas llevar todo eso?

Si hay algo que parece molestar a todo aficionado a la fotógrafía es no poder lucir su equipo. La cámara y sus objetivos, cuanto más grandes son, con más orgullo se lucen. Y un viaje no deja de ser el escaparate ideal para ver y ser visto. El corolario vendría a ser más o menos el siguiente: si el percentil de miradas hacia tu equipo es menor al percentil de miradas que diriges tú a los equipos de otros, entonces todavía tienes que seguir invirtiendo para mejorar tu equipo. De lo contrario, te puedes relajar en el gasto y presumir de él durante, al menos, otros seis meses. Otra cosa es ya que sepas hacer fotos con él pero eso da un poco igual porque tampoco vas a ir enseñándolas por ahí. Pero, a lo que vamos… ¿Realmente tiene sentido fuera de lucir cámara y objetivos cargar con todo nuestro equipo de gala en un viaje?

ORIGEN

Como toda esta reflexión empezó en un momento concreto, creo que lo mejor es volver a ese momento para que os pongáis en situación como lo hice yo entonces. Bueno, pues ahí me tenéis, bajando por uno de los ríos que rondan la zona de el volcán Arenal, en Costa Rica, en una balsa hinchable con un guía tico, una pareja de granjeros americanos y una profesora jubilada australiana. Todos llevaban una riñonera impermeable. Yo llevaba mi mochila. Mi mochila repleta. ¿Qué llevaría dentro? ¿6000€ de equipo entre cuerpo y objetivos? Al salir hacia San José decidí cargar con la 5D MkII y todo el rango focal desde los 8 hasta los 70 mm. pensando, sobre todo, en que iba a ser un viaje para contar a base de paisajes y retratos. Tan sólo dejé el 70-200 en casa por eso de ahorrarme casi 2 kilos de peso y porque llevaba un tiempo sin usarlo demasiado. No tardaron mucho en aparecer en nuestro descenso por el río cocodrilos, colibrís, tucanes, perezosos, monos aulladores, iguanas… la lista era interminable. No así mi uso de la cámara que tendió a cero. Mis 6000€ de equipo no podían competir con las cámaras compactas que llevaban los granjeros y la profesora. Mis 70 mm no eran suficientes para cerrar el encuadre en nada de lo que veíamos mientras que sus pequeñas cámaras de 300$ triplicaban en zoom a lo que yo llevaba a cuestas y, para más recochineo, cabía en una riñonera y pesaba 20 veces menos. Y, honestamente, creo que el 70-200 tampoco me hubiera hecho mucho mejor servicio de haber cargado con él. El caso es que ellos volvieron con una buena colección de fotos y yo con un interesante dolor de espalda por tener que cargar con la mochila y agujetas en pecho y brazos de hacer raft de cuando en cuando con el guía por los rápidos que nos encontrábamos al ser yo el único que no parecía ocupado sacando fotos a todo lo que se meneaba.

Y entonces, ya de vuelta en el hotel, tuve una revelación. “¡Eres gilipollas!”. Bueno, quizá no fueron ésas las palabras exactas pero sí un resumen válido de todo lo que se me pasó por la cabeza en ese momento y el detonante de lo que está siendo este post que, todo sea dicho, ya empieza a ser demasiado largo.

¿VOLUMEN + VALOR = CALIDAD?

Obviamente, si se trata de trabajo, no podemos escatimar en la calidad final de las fotografías que vamos a hacer pero, aún así, el volumen y el valor de nuestro equipo no tienen por qué ser garantía de un buen resultado. Desgraciadamente, lo normal es que el cliente vea antes la cámara con la que vamos a trabajar que el resultado final y es difícil que confíe en tus resultados (sin conocerte) si te ve empuñar una cámara pequeña. Pero… ¿Cuántas veces nuestras fotos tienen un destino más allá de un fotoblog, flickr, facebook o web en general? ¿Cuántas veces vamos a necesitar una cámara con unas prestaciones que vayan más allá de nuestros conocimientos para hacer una fotografía? ¿Cuántas veces vamos a imprimir esas imágenes a tamaño póster? En resumen: ¿Por cuántos costados nos desbordan las prestaciones de nuestra cámara?

A fecha de hoy, el mercado de las compactas y de las llamadas prosumer, cada vez ofrece más prestaciones con menor volumen, menor valor, una calidad cada vez más aceptable gracias a la incorporación del formato RAW en muchas de ellas y, lo que es más importante cuando estás de viaje, dándonos un extra de agilidad al evitarnos cargar con la mochila y andar cambiando de objetivo cuando la foto que queremos hacer está delante de nuestras narices. Supongo que lo difícil es cambiar el chip y meternos en la cabeza que podemos hacer grandes fotos de viaje sin necesidad de cargar con todo nuestro equipo pero yo ya lo tengo claro: el próximo viaje lo hago, como mínimo, con 4 kilos menos… o con lo de siempre y el peso extra de una cámara compacta.

 

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