Marrakech, un paseo por la ciudad roja

Foto: Carlos Cazurro // La plaza de Djema el Fna al caer el sol.
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En Marrakech te metes de pleno. O sí, o sí. Apenas estás saliendo del aeropuerto y te encuentras con el primer gremio —el de taxistas— y, si no queremos sorpresas al llegar a nuestro destino, con la primera pelea por conseguir un precio que satisfaga a ambas partes: la del máximo dinero que estás dispuesto a pagar y el mínimo que está dispuesto el taxista a aceptar por el trayecto que te llevará de ahí al hotel o, en nuestro caso, a la plaza Djema el Fna, lo que es el meollo marrakechí, a unos siete kilómetros de allí.

Aunque no me di cuenta inmediatamente —tengo un cerebro de los de dos tiempos— el ritmo del tiempo es lo primero que cambia. Pero es un cambio engañoso. La primera impresión que tuve en el trayecto del aeropuerto al centro de Marrakech fue el de que el ritmo de esa ciudad iba a ser frenético. No entendía muy bien por qué pero el taxista tocaba el claxon más de lo que podía pisar el freno mientras motos, bicicletas, carros y carretas, furgones y furgonetas y otros vehículos con nombres descatalogados circulaban En Marrakech el tiempo tiene dos velocidades: el tiempo vives y el que ves pasar.autorregulándose alégremente por lo ancho de la avenida sin importarles demasiado las líneas divisorias del asfalto. Se me antojaba gracioso y me limité a sonreirme cada vez que el taxista lanzaba su sonar particular contra los vehículos que le rodeaban, que inmediatamente devolvían el ping. Finalmente, el taxi nos dejó sin mayor incidente al final de la calle Bag Agnapu, una calle comercial peatonal que debe tener mucha vida nocturna pero que nosotros no catamos en este viaje salvo para beber una de las peores cervezas que deben existir y de cuyo nombre no quiero acordarme.

El tiempo tiene dos velocidades: la del tiempo en el que decides participar y la del tiempo que decides ver pasar. Y cada uno tiene su ritmo. Encontrarte de pronto en la plaza Djema el Fna te mete de lleno en el tiempo que quieres vivir, es una plaza que te invita a disfrutarla con los cinco sentidos y que te pide estar en varios sitios al mismo tiempo. Djema el Fna es un circo de mil pistas perfectamente orquestado por algo similar a la divina providencia. Todos los caminos empiezan y terminan ahí: Marrakech es un terremoto para el recién llegado y Djma el Fna es el epicentro.

Pero ese primer ritmo no deja de ser una extensión del tiempo que hemos traído con nosotros mismos: el de las horas cortas, rápidas y escasas; ése en el que el aprovechamiento del tiempo se mide en base a la consecución de objetivos y en el que un minuto contemplado se considera un minuto perdido. Es el tiempo de los que van de un lado a otro con miedo a perderse aquello que sea lo que hayan ido a ver. Pero el ritmo de allí es, en realidad, completamente diferente. Es un ritmo en que las cosas caen por su propio peso sin necesidad de que nadie les ponga un peso añadido para que caigan antes. Es un ritmo en el que el tiempo pasa sentado en un escalón y que se mide en base a los tés de menta y hierbabuena que te has ido tomando, un ritmo en el que te conviertes en espectador de la corriente de tiempo y no en lo que fluye dentro de ella. Es el ritmo de los marrakechís y, para mí, el ritmo al que hay que adaptarse para disfrutar de Marrakech.

Es divertido e incluso relajante ver cómo ambos ritmos se funden y se separan según van pasando las horas y yo os recomendaría que probarais ambos si queréis decir que habéis estado, de verdad, dentro de Marrakech. Cualquiera de las terrazas panorámicas de la plaza Djema al Fna son una muy buena opción (ver cómo se transforma la plaza según van pasando las horas es una auténtica delicia) pero aún mejor opción es sentarnos en una plazoleta de cualquiera de las que encontraremos callejeando, pedir un té y, si se presenta la ocasión, improvisar una parrafadita con el primero que nos mire con curiosidad.